domingo, 24 de enero de 2010

HERETIC LOVE


HERETIC LOVE

Canto primo.

En pasos saturados de lluvia del suelo, corren descalzos un par de pies fríos, llorando, van gateando.
La carrera sirve a penas de nada, el camino está en contra de su marcha. Como una banda en contra de sus pasos.
Cuchillas que hacen sufrir a un par de pobres pies descalzos. Unos pies sin dueño, sin dueña, de nadie, y de todos.
Son los pies del mundo, vagabundos que corren sobre su misma superficie. Son esos pies unas manos que acarician la superficie de su propio cuerpo. Lo recorren lentamente no queriendo dejar de sobar el dolor de sus propios golpes y pisotazos. Porque duelen en zancadillas desgarradoras. ¡No pares de sobar tu sucio vientre!
La carretera mojada es una lengua que lame y da placer a esos pies. Por eso ella se ha quitado el calzado.
Esos pies son labios que besan. Entre el suelo y ella hay sólo hay un par de enamorados.
Sólo hay una propiedad cuántica de masa amorfa en moldes extraños. ¿Dónde comienzan las fronteras? Las fronteras de lo lejano y de lo lozano. Entre la piel y saliva, entre los pies y la avenida. En tu mirada preferida. ¡Oh!
Un búfalo negro gime encima de su bicicleta. Con un grueso abrigo oculta sus cuernos, bellas piezas de museo. Marfil. Dientes blancos sin encillas. Calcio febril desde la raíz, que tamborilea como una sonaja hueca y sin si quiera un par de piedras. Grandes, esos son dientes de una ardilla.
Se detiene en el aire, sobre un bache. Jeans desgastados, calza tenis sucios, abrigo y un rosario. Es un búfalo. Repiquetea sigilosamente, con sus ruedas heréticas, en el eco anatómico del espacio. Gira cuarenta y cinco grados a su derecha, otros cuarenta y cinco a siniestra.

Perfecta tarde pálida, repleta de violencia. Tarde con anemia, tarde con hambre. Devora un trozo de carne, en el patio que es tu plato. Sobre la tumbona en la que descansa con las piernas cruzadas, clava de una vez tu nariz afilada. Ábrete paso con cuidado, hazlo despacio. Con el rostro sobre el piso, culebrea entre las siluetas y arroja, caballerosamente, tu manta de seda para que duerma en la penumbra de tus cálidos brazos. Es casi como un ángel que vigila desde el tejado: su pelo suave, sus ojos profundos, dormilones y claroscuros. Son tu espejo, crepúsculo de anemia. Su respiración es lenta como de quien duerme, no la despiertes. Envuélvela en la noche de los sueños. Entre las esmeraldas embadurnadas de la nada. En la calle inmolada, bravo tentempié de la cuna de su cuello, del cielo de sus ojos, de la ternura de sus besos. Envuelta y ahogada en una piel disecada de venado. Ajustada, al punto de asfixiarla.

El columpio de Saturno está hueco, se ha hecho un espacio en su agenda. Para venir a revertir el lato paso de la sirena, sucio y sudoroso. Apestoso. Cargar con esa carne es el más sucio de todos los pecados.

Quærens me, sedisti lassus, preces meæ non sunt dignæ, inter oves locum præsta, perenni cremer igne... Flammis acribus addictis.

¿A dónde corre con tanta calma? ¿Con tanto silencio? ¿Con tanta paz? Correr es ir con el pecho destrozado, el pulso acelerado, es impotencia. Es siempre el camino más lento. Es tratar de llegar antes que cualquier cosa, de cualquier ente, en la inseguridad y esperanza de los pasos por no ser nunca el primero. Correr son las intenciones de caer, y en medio de la marcha sumirse en un profundo sueño de campanas.
Ella es astuta, sabe que caminar es la mejor forma de andar. Viaja sigilosa, con cuidado. Es ahora una corola, sin llegar a ser un absurdo corolario.
Y se eleva en un salto, abortada, exiliada de los brazos de su amado.
Por Eduardo-Rien

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